Sira estaba acostumbrada a vivir este encanto a pequeña escala en el pueblo donde vive. Pero este año coincide en que debe estar en el centro de Barcelona. Siente una necesidad imperiosa de perderse por las callejuelas del Barrio Gótico, de contagiarse de aquella alegría, de impregnarse del olor de las rosas y de hojear algunos libros.
Las adolescentes, entre risas y picardías, corretean contando las rosas que han recibido. Muchos de los que están por las calles buscan un libro especial, una rosa o ambos, para esa persona especial.
Sira se detiene en una parada y toma un libro. De pronto se escucha una algarabía y al girar ve un montón de gente en una de las paradas. ¿Qué ocurre? Un autor está firmando su libro. No pudo evitar soñar despierta y una gran sonrisa la abraza, cierra los ojos y piensa: - Algún día estaré aquí firmando mi primer libro.
Vuelve la vista al libro que tiene entre sus manos y comienza a hojearlo, aquel aroma a papel y tinta que tanto le agrada penetra por cada poro de su piel. Al lado unas enormes rosas rojas, amarillas y azules atrapan su mirada. De pronto, se vio transportada en el tiempo.
Con apenas cinco años estaba allí, contemplando embobada unos enormes globos rojos, amarillos y azules. Nunca antes había visto tantos globos juntos y con aquellos colores tan brillantes. Lo último que recordaba era a su padre diciéndole: “No te muevas de aquí”. Y eso exactamente fue lo que hizo. Estaba en estado hipnótico con aquellos globos. El bullicio, la música, las carrozas, la multitud disfrazada que iba y venía, quedaban en un segundo plano. El Boulevard de Sabana Grande se vestía de gala entonces. Cuando volvió en si, miró hacia arriba y a su alrededor en busca de su padre pero no lo encontró. Sintió que su pequeño corazón daba un vuelco. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo iba su padre a irse sin ella? Sira estalló en llanto y echó a correr despavorida calle arriba. Una joven pareja la detuvo y la calmó. La mujer, mientras la alzaba en brazos, secó sus lágrima con mucha ternura.
- ¿Puedo ayudarte en algo? – Esa pregunta la trajo nuevamente al presente. Era la dependienta de la parada.
- No, gracias. - Contestó Sira cerrando el libro y dejándolo nuevamente en su sitio.
Sigue su camino adentrándose por las callejuelas. Una melodía proveniente de una saxofón se hace cada vez más presente. Al girar la esquina encuentra a un joven músico con barba poblada y aspecto desaliñado. Las notas hacían eco con las paredes de la catedral al mismo tiempo que un par de gotas de lluvia mojaron el rostro de Sira. Ella levanta su mirada para comprobar el estado de las nubes. Solo pudo contemplar las gárgolas vigilantes y guardianas custodiando su morada. Qué extraña atracción ejercían esas misteriosas y diabólicas figuras sobre ella. Esa era exactamente la misma perspectiva que había tenido cuando buscaba angustiada la figura de su padre aquella tarde de carnaval en su ciudad natal.
No pudo evitar pensar con cierta nostalgia y tristeza, cuándo dejaron de celebrarse los carnavales y en su ciudad. Celebrarse al menos de aquella manera tradicional y no de la manera tan grotesca y salvaje como arrojar huevos y globos con agua putrefacta o pintura sobre la gente de la calle. No pudo evitar pensar cómo sería ahora después de veinte años. Cuándo dejaron de celebrarse las fiestas populares, las patinadas nocturnas y los cánticos de villancicos por Navidad. Cuándo se perdió todo aquello. Dónde quedaron todas aquellas bonitas costumbres. No conseguía recordarlo. Aquí hay tantas tradiciones que se mantienen y forman parte del espíritu de su gente.
La lluvia empieza a caer con más regularidad. Sira aprieta el paso entre la muchedumbre. A paso ligero vienen a su cabeza escenas como relámpagos: un niño inocente de apariencia, a quien al cederle el paso en la calle, arrancó de su cuello una cadena de oro con la medalla de la virgen y echó a correr; un motorizado que se le acercaba demasiado, ella cogió con fuerza su bolso y el hombre estiró de él, solo consiguió tirarla al suelo y romperlo, pero no puedo llevárselo; aquel asqueroso hombre que la acosaba en el autobús y esos tantos otros que hacían lo mismo por las calles y ponían sus sucias manos donde no debían; otro motorizado que la apuntó con una pistola en la autopista, a quien consiguió esquivar al tomar una salida improvisada; un coche que le cerró el paso, ya entrada la noche, en una calle de poco tránsito mientras tres hombres saltaron en dirección hacia ella, en un instante dos coches más llegaron por detrás y los hombres se esfuman rápidamente.
- ¿Dónde estaban los guardianes de la ciudad? ¿Sería diferente si hubiesen colocado gárgolas en lo alto de los edificios? - se preguntaba Sira.
Entre paso y paso desemboca en el Portal del Ángel. Allí se detiene en otra parada que la seduce. Planea con su mirada los libro que están al alcance de sus ojos y coge un par para hojearlos. Aquel agradable olor a papel y tinta la pone nuevamente a flor de piel. El murmullo de la gente y el ruido de los coches de pronto quedan ensombrecidos por una sirena, otra y otra más que se van sumando. Unos policías corren delante de una patrulla, un coche de bomberos y una ambulancia haciéndose paso entre la multitud. Las miradas atónitas se cruzan interrogantes.
Sira vuelve a entrar en su letargo, aquellos policías corriendo y el sonido taladrante de las sirenas la trasportan nuevamente y pudo sentir el mismo miedo en el cuerpo que entonces. Reinaba la confusión, la gente gritaba, se oían disparos, los comercios eran saqueados sin piedad. Estupefacta tuvo que frenar bruscamente el coche para no caer en una barricada que incendiaron delante de sus narices en medio de la calle. Puso la marcha atrás, pero temblaba tanto que le era imposible mantener el pié en el acelerador de manera estable. Hacia atrás, sí, iba hacia atrás pero a trompicones, todos hacia atrás… pero a dónde, cualquier calle podía convertirse en una trampa mortal. La ciudad parecía haber enloquecido. La gente corría en todas direcciones, muchos con el botín que habían conseguido hacerse: comida, televisores, ordenadores, neveras, colchones, ropa, una pierna de ternera y un sin fin de cosas más. Todo tenía un cariz surrealista. Habían muertos y gente salpicada en sangre, sangre que podía ser suya o de otros. Y los disparos dispersos seguían sin cesar. Tardó cinco horas en llegar a su casa, un trayecto que normalmente recorría en 40 minutos. Si normalmente daba dos o tres vueltas a la manzana antes de aparcar, para asegurarse de que no hubiese nadie sospechoso que pudiera lastimarla, ese día dado los acontecimientos, dio cinco vueltas antes de bajarse del coche. Como siempre, con la llave preparada en la mano corrió al portal, abrió, entró y cerró. Le quedaban aún 7 pisos en ascensor antes de sentirse segura tras la puerta de su apartamento.
Aquella locura no cesó hasta bien entrada la madrugada y tras declararse un toque de queda. Para entonces ya se había extendido a otras ciudades del país. Al día siguiente el estado de devastación y desolación era colosal, el toque de queda se mantenía. La auténtica masacre vino entonces cuando la policía y las fuerzas del ejército tomaron las calles, los disparos se habían multiplicado, se sumaron las ametralladoras y los tanques. Asomarte a la ventana era correr el riesgo de que te disparan. Cuantos muertos inocentes, cuantos ajustes de cuentas, cuanta violencia gratuita. Luego vino la escasez de alimentos. ¿Cuántos muertos en total, cuántos desaparecidos? Una cifra que jamás se conoció, se habla de miles, pero oficialmente rondaba los trecientos.
Ese 27 de febrero de 1989, popularmente conocido como el “Caracazo”, fue tan sólo el preámbulo de lo que iba a suceder en Caracas los próximos años. Ese era el resultado de la devaluación monetaria, la espiral inflacionaria, los ajustes económicos, el acaparamiento de productos de primera necesidad, la desconfianza y la pérdida de credibilidad. Tuvo como consecuencia una inestabilidad política, pero sobre todo, había dejado al descubierto una profunda fractura social. Ese fue el día en que Sira decidió que debía marchar de aquel lugar.
Los policías y los bomberos entran en un portal. Sira no tiene interés en saber qué ocurría, sigue su camino hacia la estación de cercanía para tomar el tren de vuelta a casa.
Con el vaivén del tren, observa al resto de los pasajeros con sus rosas y sus libros, con sus caras de satisfacción y piensa en la leyenda de aquella costumbre: se imagina al terrible Dragón que tantos estragos causaba en la población y los sacrificios humanos escogidos al azar para apaciguar su furia. No podía evitar asociarlo con el terrible Dragón que había azotado su ciudad natal y todos los sacrificios humanos que aún hoy, seguían haciéndose. Imaginaba a la princesa, a quien la suerte había señalado para el sacrificio. La veía caminando resignada hacia las fauces de su depredador, bajo la triste mirada de su pueblo. Como la triste mirada de todos los que aquel día perdieron a alguien, no saben qué fue de ellos o vieron el esfuerzo de su trabajo hecho añicos. Imaginaba al valiente caballero que mató al Dragón para salvar la vida de la princesa y una hermosa roja brotando de la sangre de aquella bestia.
- ¿Hay caballeros en estos tiempos? – Se preguntaba Sira.
Caballeros que puedan terminar con el Dragón violento de aquel país y salven la vida de tantos inocentes, acabando así con tantos sacrificios humanos. Tal vez entonces, en las calles de Caracas crecerían millones de rosas rojas y en las plazas brotaría un ambiente de alegría y esperanza. Entonces podría celebrarse el día de las rosas y conmemorarse la leyenda sobre un valiente caballero que derrotó al Dragón. Y eso, propabablemente, haría renacer el espíritu de su gente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario