"La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando". Pablo Picasso

27 marzo, 2010

Crónicas de Sira: Vuelo sobre lejanos acantilados.

Sira no puede decir que ha sido una gran lectora toda su vida. No sería cierto. No al menos desde un punto de vista literario. Su pasión por este tipo de lectura es relativamente reciente. Ese fue su refugio y su consuelo en uno de los peores momentos de su vida, aún demasiado reciente como para haber dejado de doler. No obstante, su amor por los libros empezó hace mucho tiempo atrás, antes incluso, de que aprendiera siquiera a leer.
El primer libro del que se enamoró, casi obsesivamente, fue un libro de poesías. Era un libro cargado de misterios indescifrables para ella. Un libro que su madre tenía escondido entre sus cosas y al que ella solía visitar de manera clandestina. Aquel libro estaba escrito por su abuelo y dedicado por su puño y letra a su madre: “A mi querida Nines”.  Eran poesías llenas de un inmenso amor, casi tan vivo como el dolor que desprendían. Saturadas de abandono y de soledad, envueltas en la penumbra de una guerra y rodeado con el lazo de la postguerra. Poesías que se podrían resumir quizás, en una sola palabra: “incomprensión”. 

Le perdió el rastro, en una de las tantas mudanzas que realizara a lo largo de su vida con su familia. Solo muchos años más tarde, pudo recuperar unas fotocopias que su tía en Madrid accedió a hacerle poco antes de morir. La única diferencia estaba en la dedicatoria, aquel original estaba dedicado: “A mi adorada Maru”, su tía y hermana de su madre.

En casa de Sira no habían libros, solo los estrictamente necesarios para que pudieran realizar sus estudios de primera y segunda enseñanza. Libros que se pasaban entre sus primos y hermanos. Las penalidades económicas no permitían otra cosa.

Un día, cuando Sira contaba 12 años, su amiga Lina le prestó un libro del que le hablaba insistentemente. Uno que a ella le había gustado mucho. Se titulaba “Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain. Era un libro nuevo. Aún podía sentir el olor del papel y de la tinta que se desprendía al pasar sus páginas. Aún hoy puede estremecerse al recordar aquel agradable olor. Cada tarde, Tom le hacía partícipe de su peculiar modo de ver el mundo. Por fin había encontrado a alguien que veía las cosas de un modo diferente. Con él no se sentía una extraña. Para ellos el mundo era tan distinto a como lo veían los adultos con los que, cada uno en su mundo, tenía que convivir. ¡Qué momentos! Pero inexorablemente, página tras página, no solo llagaba al final de su aventura, sino que además tenía que devolver aquel libro que no le pertenecía. Aquello le produjo una tristeza indescriptible: ¿y ahora qué?... Volvió a quedarse sola.

Un tiempo después, en una actividad de grupo en el colegio donde estudiaba, debían poner un nombre que identificara a cada una de las miembras del grupo. Digo miembras porque Sira estudiaba en un colegio de chicas, regido por una congregación religiosa.  Ese nombre o frase, debía englobar e identificar, es decir, transmitir la esencia de esa persona en concreto. Mientras cada una iba saliendo del recinto, el resto del grupo  deliberaba unos minutos, hasta encontrar aquella palabra o conjunto de palabras que la condensara. Cuando la chica volvía, se le comunicaba la decisión y entonces ella, debía explicar por qué creía que se merecía ese nombre. Llegó el turno de Sira. Salió del aula, estaba nerviosa. El tiempo parecía detenerse y la ansiedad iba en aumento. Pero en realidad solo habían pasado unos minutos cuando tuvo que reincorporarse. El nombre que habían escogido sus compañeras para ella fue “Juan Salvador Gaviota”. Sira no sabía qué decir, no había leído aquel libro… ¿qué tenía ella que ver con esa Gaviota?

Insistió a sus padres para que se lo compraran, pero fue finalmente su madrina quien se lo regaló. ¡Un libro nuevo y era suyo! Le impactó la hermosura de las fotografías, le impresionó la tozudez de la Gaviota. ¿Se sentía identificada con ella entonces? En aquel tiempo, probablemente sólo con la primera parte del libro, precísamente con esa testarudez.

Luego llegó a sus manos “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry. Se divirtió con las ocurrencias y las preguntas que constantemente formulaba aquel pequeño niño. Disfrutó con sus viajes de mundo en mundo y compartieron juntos el deseo de ir más allá de las cosas.

En aquel momento, comenzaba sus estudios en la Universidad. Emprendió la hazaña de pintar camisetas para luego venderlas, así pudo comprar algunos libros. Libros de arte, de diseño, de comunicación, de cine… todos ellos formaban parte de sus estudios. ¡Estudiar! Si, le encantaba estudiar, le encantaba aquella relación con sus libros y todo lo que podían enseñarle. Tenía tanta sed de saber, que aún hoy no ha conseguido saciar. Durante muchos años sólo devoró este tipo de libros.

¡Aprender! Sí, aprender. Y sucedió, tal como lo hiciera Juan Salvador Gaviota, ella también un día abandonó su Bandada y partió a un lejano lugar para seguir practicando su vuelo y vivir en libertar. Un vuelo que los suyos no comprendían. Entonces vislumbró que su vida estaba ya en la segunda parte del libro y fue capaz de comprenderlo.

Se trasladó de su Caracas natal a Barcelona. Cruzó el océano y puso muchos kilómetros de distancia. Eso si, a sus libros, a ellos no podía dejarlos, eran suyos y no los iba abandonar. Los embaló en cajas que introdujo luego en un baúl. Los libros embarcaron por barco y unas semanas más tarde, Sira embarcó por avión. Tres meses después corría por el puerto de Barcelona intentando localizar el baúl que contenía sus libros. Había alquilado un piso antiguo en un barrio de la ciudad. Tuvo que subir y bajar cinco pisos infinidad de veces, hasta que consiguió llevarlos todos arriba. Acabó exhausta de tanto ir escaleras arriba y escaleras abajo. Las piernas le temblaban y ya no se sostenía en pié, estaba empapada en sudor. El calor apretaba en pleno mes de Agosto. Respirando profundamente se dejó caer al suelo, cerró los ojos y se relajó. Entonces no tenía muebles, solo un colchón en el que dormía y una mesa improvisada con unas cajas. Al cabo de un instante se despertó sobresaltada. Pero cuando los vio a todos allí, amontonados en el suelo de su nuevo hogar, por fin se sintió completa.

Descubrió otro mundo, otras personas, otras costumbres. Diferentes, solo diferentes. Lleva casi media vida en su tierra de acogida y ha seguido estudiando. Su biblioteca ha crecido considerablemente, mientras su temática se ha abierto a nuevos horizontes. Solo que ahora sus libros descansan en una bonita librería, con puertas de cristal para protegerlos del polvo.

Hace casi dos años estuvo en la cumbre de su peor crisis existencial, física y emocional. Ingresada en un hospital psiquiátrico, sin entender cómo fue a parar allí, bajo una depresión mayor, con un intenso y persistente dolor que le atravesaba la columna en la zona lumbar, como si un frío puñal estuviese penetrando lenta y desgarrantemente desde su espalda hasta su vientre, así un día tras otro, durante los tres últimos años de su vida. Sin ninguna otra cosa que pudiera hacer, se refugió en "El juego del Ángel” de Carlos Ruiz Zafón, un libro que le dejó una buena amiga y que engulló en tres días. Le sedujo la Biblioteca de los Libros Olvidados y el misterioso libro que el protagonista toma de uno de sus estantes. Sintió cómo su vida y la del libro se mezclaban. Cuando pasó la última página y lo cerró, volvió a sentir aquella extraña sensación: ¿y ahora qué?

Luego fue solo seguir: se sumó "Inés del alma mía” de Isabel Allende, ¡Ay Inés! mujer fuerte, valiente y emprendedora. “El Secreto” de Rhonda Byrne, no pudo acabarlo, necesitaba una historia. "El niño con el pijamas de rayas” de John Boyne, otra manera diferente de ver el mundo de los adultos, pero esta vez se quedó con un inmenso nudo en la garganta. “La sombra del Viento” de Carlos Ruiz Zafón, le resultó agradable volver a aquella vieja Biblioteca donde los libros que nunca mueren. "El último patriarca” de Najat El Hachmi le hizo estremecer cada centímetro de su cuerpo y de su alma, una cultura tan lejana a ella y sin embargo, cuán identificada estaba con aquella chica. “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, simplemente angustia. "Los hombres que no amaban a las mujeres”, “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y “La Reina en el Palacio de las corrientes de aire” la trilogía de Stieg Larsson, ya podía sentirse Lisbeth Salander, desde el inicio se dejó absorber por este personaje y la historia simplemente le enganchó. “La Danza de la Realidad” de Alejandro Jodorowsky, todo un mundo por descubrir. "Mujeres que Corren con los Lobos" de Clarissa Pinkola Estés, fue la llave para comprender todo lo que había vivido los últimos tres años de su vida.

Así fue la iniciación de Sira a la “lectura literaria”, si es que se puede llamar así. Ahora no puede parar. Cada vez que termina un libro, siempre queda la misma sensación: ¿y ahora qué?... un hueco. Necesita llenarlo pronto con otra historia.

Después de mucho tiempo volvió a leer aquel viejo libro: “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach. Sí, por supuesto, el mismo ejemplar, aquel primer libro nuevo que aún conserva en su biblioteca. ¡Cómo se identificaba ahora con ese obra! Al final comprendió, que su vida ha entrando ya en la tercera parte del libro, aquella en la que se llega a asimilar y abrazar tanto aprendizaje, en la que se llega a entender que un espíritu no puede ser realmente libre sin la capacidad de perdonar, en la que se llega a comprender que la manera de avanzar no está solo en el trabajo duro como estudiante del saber, sino que todo ello conduce inevitablemente a convertirse en maestro.

Ahora sigue volando, relajada, disfrutando de su vuelo por los acantilados, planeando por cielos teñidos de colores con el atardecer y puede dormir tranquila, sabiendo que mañana volverá a volar.

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