"La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando". Pablo Picasso

21 diciembre, 2011

Crónicas de Sira: El final es siempre un nuevo principio

Como cada tarde Sira emprendió su vuelo. Esos días estaban inundados de borrasca y se avecinaba una gran tormenta. Ella sabía que era un vuelo arriesgado y peligroso, pero aún así quiso hacerlo. Necesitaba hacerlo. Habían demasiados reflejos que la hicieron distraer, pudo reconocer en ellos lo que su espíritu tanto había ansiado y se quedó extasiada contemplándolos. El ciclón llegó con fuerza antes de lo esperado, ella perdió el control y se precipitó en caída libre por los acantilados. Intentó planear para llegar a tierra pero la fuerza del viento rompió sus alas y no pudo mantenerlas erguidas. Acabó estrellándose contra el mar, sus alas se habían partido por varios sitios. El mar estaba muy revuelto y las olas la arrojaron una y otra vez contra las rocas del acantilado golpeándola sin cesar. Quedó en estado de shock. Permaneció en coma profundo tres eternos meses, con el alma desgarrada asfixiada en dolor. Dolor de decepción subterránea en un corazón roto. Nunca más iba a poder volver a volar y decidió dejarse morir.

Pero tenía que hacerlo sola, esa era su costumbre. Sintió la imperiosa necesidad de apartarse, de aclarar su mente y de recuperar el aliento antes de marchar definitivamente. Se alejó de todos y de todo. Partió lejos, donde no conocía a nadie.

Buscó un espacio para aquietarse, para escucharse y lo encontró. Sira llegó a aquel lugar con su traje de fuego, ese traje que actúa como su piel y que día tras día se iba encogiendo, apretando, ahogando su cuerpo y estrangulando su alma. Ese traje que ya había comenzado a rasgarse y que le estaba impidiendo moverse. Ese traje al que había ido remendando y poniendo parches, cediendo la presión para liberarla por instantes, pero que continuaba encogiéndose lenta y progresivamente.

Precisaba encontrarse consigo misma en su laberinto, hacer ese viaje interior y cauterizar todas sus heridas –miedo, desamor, abandono, muerte- antes de darle descanso a su alma.

Ella pintó, pintó durante días y se sumergió en los colores. Conoció a otras personas y realidades de lugares tan remotos como diversos. Se habían encontrado todos allí con un mismo interés común: crecer a través de la pintura. Pintar y nutrir su esencia con color, con alegría, con el tacto, con risas, con la vista, con lágrimas, con texturas, con abrazos y con dolores compartidos, sostenidos por el lienzo del que simplemente desea hacerte sentir bien, sin esperar nada a cambio, tan solo crecer personalmente con la experiencia.

Limpiando el corazón (Jul. 2011)

Sira se entregó abiertamente, ese era el sitio perfecto para su lecho de muerte y allí lo construyó. Ella sentía mucho miedo, no podía danzar y exponerse a que la vieran. Necesitaba sus alas para huir y no las tenía, ella ya no podía ni quería seguir huyendo, estaba demasiado cansada para continuar y deseaba regresar a aquel lugar que no sabía dónde estaba ni cómo era. Era el lugar de donde había venido.

Tomó aire y llenó sus pulmones, contuvo la respiración y al exhalar su traje de fuego prendió en llamas. El proceso de transformación se había iniciado y nada podía darle marcha atrás. Ella sentía el calor de su cuerpo ardiendo en brasas y el humo que la asfixiaba. Recuperó y alzó su voz en grito y cantó la más bella canción de sus secretos. Mientras se consumía en la hoguera de su propio vuelo, continuaba su canto y sus lágrimas iban limpiando su corazón. Sira se cauterizó hasta extinguirse y se convirtió en cenizas.

Los allí presentes habían podido contemplar el más hermoso y colorido de los ocasos.

A la mañana siguiente, entre los restos del incendio y con el calor del sol, emergiendo del caos y de la llama indestructible, sobre las cenizas florecía una hermosa flor de loto. Y así, con el color de la aurora y entretejiéndose en luz, se abrió Saroj. Ella pudo danzar frente al público que la observaba una danza de cortejo, no para ser vista, sino para los que la estaban mirando. Fue tomada en abrazos y acunada para que creciera.

El nacimiento de Saroj (Dic. 2011)

Como en la rueda de la vida-muerte-vida nada se pierde, la muerte siempre incuba nueva vida: el amor exige superar el propio temor y siempre cuesta el precio de la valentía. Esa era la profunda pauta de renovación. Del pantano oscuro donde se perdió Sira, se alzó sobre la superficie una flor de loto sin haber sido tocada por las impurezas. Por la noche la flor se cierra y se hunde en las aguas oscuras donde vive para abrirse nuevamente al amanecer, como símbolo de la pureza del corazón y la mente. Sira tenía miedo y necesitaba sus alas para huir, pero la fuerza vital de una mujer puede seguir creciendo aunque ella aparentemente esté muerta. Ese era el legado de Sira, y así nació Saroj, sin miedo y sin tener de qué huir, pues había encontrado la respuesta que tanto ansiaba el espíritu de Sira. La maestra interior aflora cuando el alma está preparada. En esa revelación Saroj entraba en un estado de armonización, encontrando su propia voz y energía femenina, deseando vivir con su naturaleza instintiva. Estaba dispuesta a vivir en el amor en todas sus formas, especialmente el amor de mujer y se sentía preparada para reconocerlo sin apartar la mirada.

Al salir de aquel lugar maravilloso Saroj (flor de loto) marchaba con un traje hecho de Prem (amor). Un traje que no le apretaba, que estaba hecho a su medida. Un traje que todos los allí presentes habían ayudado a elaborar para ella. Así fue como Ma Prem Saroj empezó a moverse por el mundo.