Quiso no “pensar” porque necesitaba “creer”, quiso no “analizar” porque necesitaba “sentir”, quiso “confiar” y sucumbió ante él. Ella “creyó” que con sus vuelos podía compensar el tiempo que el ángel no podía tocar la tierra, quiso tocar el cielo con sus manos, quiso permanecer allí ingrávida y pudo “sentir”. Ella “sintió”, sintió tan intensa y profundamente que solo imaginar la presencia del ángel la hacía estremecer. Ella “confió” porque llevaba mucho tiempo en estado vegetativo, anhelaba abrir su “alma” de par en par y no tuvo vergüenza de aquella “pasión” que se le había despertado. Y en ese ir y venir, entre el sentir, el alma, la pasión y el estremecimiento, el tiempo de la ingravidez se iba consumiendo.
Había leído que las nubes, al igual que las medusas del mar, son preciosas pero muy peligrosas. Sira tenía la sensación de haber estado expuesta demasiado a ellas, de haber inhalado alguna, porque empezaba a sentir un ardor por dentro. Era el momento de ser prudente, de cerrar la puerta de su alma otra vez e intentar volver a sus vuelos en solitario, aunque de momento solo conseguirían ser a ras del suelo. Siempre podría volver a respirar del recuerdo de aquella luz.
Los ángeles no pueden vivir en la tierra y ella no podía permanecer inerte en el cielo. Ella sabía que así tenía que ser.
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